PEDRO FRUGONE AUTE

¿Quién es Pedro Frugone?



Este año me ha pillado el primer cuarto de siglo rellenando los formularios para ciudadanía en un piso de Madrid. Al abrir los ojos la latitud y la longitud eran los Santiago en Chile; un Chile del que salí muy pequeño, y al que tuve que pagar entrada de extranjero las navidades pasadas al ir en viaje de vivencias, tratando de encontrar los recuerdos de un Alessandro Frugone, padre ausente, cubierto bien por Rodrigo Garza Mariscal, industrial mexicano acérrimo defensor de la calidad de los productos nacionales, caído en las tentaciones sudamericanas de una Rosa Aute a quien ha encontrado irresistible los últimos veinte años, y que al ver que el hijo chileno no encontraba rumbo para entrar a la facultad de administración me preparo una maleta con una nota que decía “mire hijo como que necesita ir agarrando rumbo, ahí le dejo un boleto para Europa, vaya  y déle duro a la vida, gaste como hijo de adinerado, beba como cosaco y dígale a su madre que se va a aprender a escribir para que parezca que hace algo de provecho”.

En España el oficio de las letras me gusto, la marcha y el carrete también; las letras van para largo y la marcha aguanto dos años hasta la llegada de Isabel; la añorada Isabel, ama y señora de mi vida durante tres años hasta una mañana llena de los ruidos de un accidente automovilístico. El final de los cursos del Colegio de Letras llego ya sin Isabel y con la pregunta de si se puede vivir de vender libros como lo hace Cohello, o si peregrinaría de editorial en editorial. Dos veranos han pasado, y  he peregrinado por toda la península, escribiendo lo que veo; hay un contrato con una editorial de Compostela que no es pequeña, es microscópica, pero al menos no estoy en paro. Trato de vender libros en la internet pero la laxitud de los grupos gratuitos y la mala leche de unas brujas conjuran virus en las tarjetas de crédito, metiendo mi vida en demandas y reclamos de títulos de propiedad, que espero dejar atrás para disfrutar de ese póquer de ases que el destino le ha completado a mi carrera.

Como no hablar de ellos, primero mi buen Rodrigo, ese padre que no ha dejado de apoyarme y por el cual sigo gastando como hijo de adinerado sin tener que recurrir al modelaje para ganar el arrendamiento, y que no se desespera a pesar de que no vendo más de 50 libros al mes; y que decir de Gastón, el viejo Gastón  cuyos lentes y pelo engominado lo hacen parecer más viejo de sus sesenta años, abogado dedicado y meticuloso con la manía de revisar cada cláusula de los contratos y que me dice “joven Pedro todo en orden” como si para él fuera posible hacer algo que no sea de acuerdo a la regla; el Rupe es caso aparte, ese barrigón, mujeriego en sueños, es mi editor y es más pesetero que un contable y cada mes me dice “Frugone escribe algo que sea comercial, que necesitamos vender unos cuantos miles de ejemplares”, es un pesetero con alma de filántropo que me acepta los cuentos que no venden miles de ejemplares, pero que le descuenta todo lo posible a las regalías y que me pide la invitación a comer porque él solo carga los siete euros del tren a casa; finalmente esta don Gil, un ranchero mexicano, que es mi distribuidor y que acepto vender mis libros en sus tiendas sin garantías ni crédito a recomendación de su hija, amiga fortuita encontrada por obra de los conjuros de las brujas que también la escogieron para hacerle la vida difícil, y que le dijo “papá, este es el Pedrito, déle una manita”,  y el señor que me pregunta “y que quiere hacer muchachito”, “vender libros” le conteste “y que no puede vender en las tiendas como la gente normal”, “pero como no, pero vale que vendo poco para exportar” “pero nada muchachito, a ver escoja donde quiere vender” y me mostró un mapa de Estados Unidos a Chile. Quien necesita internet teniendo la distribuidora de don Gil, y si, su hija también se llama Isabel.