Cosas
Al final, por supuesto, tuvo que aceptar que era la única solución. Encontró el número de teléfono en su agenda y marcó, suspirando por la frustración cuando oyó el contestador.
Se sintió tentada de colgar sin más, pero se obligó a dejar un mensaje sin tratar de especular sobre los sentimientos de él cuando lo escuchara.
Ahora en realidad no había nada que hacer excepto esperar que su jefe llegara para salir o la llamara por teléfono, pero después que pasó media hora, empezó a preguntarse si quizá no estaría fuera el fin de semana y sintió un temblor que fácilmente podría convertirse en terremoto. Con firmeza se controlo.
Usaría la lógica para examinar su situación. Lo peor que podía pasar era que se quedara ahí durante el fin de semana hasta que el sistema fuera desactivado el lunes por la mañana. Sólo pensarlo era aterrador, pero ella sofocó el pánico. Eso no la llevaría a ningún lado, y además no debía llegar a ese extremo. Tal vez el personal de limpieza llegara el sábado por la mañana.
Para apartar su mente de la situación, se puso a trabajar en el archivo, y cuando hubo terminado fue al despacho para empezar con su bandeja de salida. Se sentó en su escritorio, en su silla, y sorprendida se dio cuenta que sentía consuelo.
Debió quedarse dormida porque despertó asustada, con el corazón palpitando aceleradamente, y trató de orientarse. Estaba en algún lugar en una habitación oscura y oía un ruido que significaba peligro. Había una tenue luz en algún lado y, de pronto, una figura dejo ver su silueta en el umbral. Ella gritó y se puso de pie, asustada.
Una voz de hombre, alarmada, exclamó:
-¡Qué rayos…!